La melancolía religiosa

Extraído del Tomo XII de la colección de libros "Año Cristiano" (1864).

Capítulo "De las pasiones".

Melancolía religiosa.

Algunas personas, por un religioso trastorno de ánimo, se manejan como si tuviesen por delito la alegría. Estas creen que toda la religión consiste en ciertas mortificaciones y en negarse a la menor indulgencia, aún de las más inocentes diversiones. Una perpetua oscuridad reina siempre en sus semblantes y una profunda melancolía se apodera de sus ánimos. Al fin, las más hermosas ideas se desvanecen, todas las cosas toman un horrible aspecto y aquellos mismos objetos que debían servirles de delicia, no les ofrecen sino disgusto. La misma vida se hace pesada, y la miserable criatura persuadida de que no hay mal que pueda igualar al que padece, acaba finalmente con su existencia desdichada. Es bien digno de admirar que hasta a la misma religión la invirtamos para ser causa de aquellos males a cuyo remedio fue destinada. Ninguna cosa se puede calcular mejor que la verdadera religión para elevar el ánimo en todas las aflicciones que pueden sucedernos; ella nos enseña que la paciencia en esta vida es un preparativo para la felicidad en la otra, y que todo el que sigue el camino de la virtud llegará al fin a gozar de ella. Los que tienen a su cargo el instruir en la religión a los demás, debían evitar el persuadirlos tanto con los asuntos tristes: la paz y la tranquilidad de ánimo que procura la verdadera religión es un argumento más poderoso en su favor que todos los terrores que se pueden emplear. Estos podrán separar al hombre de los actos exteriores pecaminosos, pero nunca le inspirarán aquel amor de Dios y de su Suprema Bondad en que únicamente consiste la verdadera religión. Para concluir diremos que el mejor medio de contrarrestar la violencia de alguna pasión es mantener el ánimo estrechamente empeñado en aquella útil ocupación.

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El texto que hemos compartido en el párrafo anterior fue escrito como parte del capítulo dedicado a las pasiones que todo cristiano debe evitar, y que constituyen los peores peligros para la vida espiritual y la salud del alma humana; dentro de una colección de libros católicos denominada "Año Cristiano". Esta colección incluía ejercicios de devoción, vidas de santos, reflexiones espirituales y meditaciones para cada día del año. Son de esas obras de profunda espiritualidad católica que casi dejaron de editarse totalmente después de las reformas del Concilio Vaticano II, donde todo se volvió más light, con el supuesto afán de volverlo "más simple y atractivo para las grandes masas de creyentes".

En este caso concreto, lo realmente importante es el mensaje que se nos brinda sobre la denominada "melancolía religiosa", y que es de plena actualidad: todo extremo es dañino y así como los excesos "mundanos" causan graves problemas al alma y la salud de las personas, también lo hace el querer refugiarse en la orilla opuesta; la de negarse pequeños placeres y diversiones sanas que hagan más llevadera la existencia y constituyan un necesario contrapeso a las dificultades y problemas de la vida cotidiana. No te hace "más espiritual" ni contribuye a "fortalecerte contra las pasiones" el mortificarte o incluso dañarte con determinadas prácticas, como aún se ve en determinadas comunidades religiosas que llegan al extremo de utilizar cilicios y otros instrumentos creados por alguna mente malsana con la finalidad de (supuestamente) "unirse a los dolores de la pasión de Cristo". Esto no tiene base bíblica, daña la salud emocional y no produce frutos beneficiosos ni para la persona que los practica ni mucho menos para la comunidad que la acoge, constituyéndose en un claro ejemplo de la "religiosidad falsificada" que causa escándalo y termina dándole mala imagen a la verdadera espiritualidad, y generando rechazo en muchas personas respecto a las instituciones religiosas tradicionales.

Recordemos siempre que el propio hecho de tener un nuevo día de vida es ya un gran motivo para sentirnos agradecidos con el Padre Celestial. Y que si Dios nos continúa dando vida es para que la experimentemos de la mejor manera posible, lo que incluye tanto el no hacer daño a los demás, como el no dañarnos a nosotros mismos ni por acción ni por omisión. No en vano se nos dice que nuestro propio cuerpo es templo del Espíritu Santo, de lo que se concluye que todo daño que le hagamos es también una ofensa dirigida a la propia presencia de Dios que nos habita, y que merece el mayor de los respetos.

Ya existen suficientes razones por las cuáles podría surgir una justificada preocupación respecto a temas externos (políticos, económicos, sociales, etc) como para además sumarle otra preocupación derivada de una "espiritualidad" mal entendida. Hagamos de nuestra vida espiritual la fuente de agua fresca y viva que nos posibilite continuar adelante cada día, y no un problema agregado a los que ya existen.

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